domingo, 2 de agosto de 2015

MEDIOCRIDAD ESPIRITUAL
Los corazones han sido examinados, las obras evaluadas. En ellos se encuentran todos los datos necesarios para un análisis acertado del estado espiritual de la iglesia. El veredicto, cuando finalmente es pronunciado, ¡contiene una revelación devastadora!: «No eres frío ni caliente.

¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.» (Ap 3.15-16) Con una contundencia que no admite discusiones, la iglesia de Laodicea, que se jactaba de ser tan especial, es llamada miserable y digna de lástima, pobre, ciega y desnuda (Ap 3.17).
¡Y no era para menos! De todas las condiciones que pueden afligir al ser humano ninguna es tan triste como aquella que seduce a la persona a creer que es rica cuando en realidad vive en la pobreza más desdichada. Como pastores, con seguridad el lamentable cuadro de la iglesia de Laodicea nos ha dejado pensativos en más de una ocasión. ¿Qué pasaría si el Señor pronunciara un veredicto similar acerca de las congregaciones donde nos ha puesto como pastores? Sin embargo, tal veredicto parece poco probable cuando recordamos nuestros permanentes esfuerzos por movilizar a las personas hacia vidas de mayor entrega y pasión.
Sospecho, aun así, que nuestras fogosas denuncias contra la tibieza y la mediocridad revelan algo más que el deseo de lograr un mayor compromiso en nuestra gente. Muchas veces, lo que más nos asusta es ver las incipientes manifestaciones de la mediocridad en nuestras propias vidas. Fácilmente reconocemos los síntomas en el ministerio que llevamos a cabo: sermones preparados a las corridas, estudios improvisados para salir del paso, compromisos no cumplidos, consejos huecos que no practicamos nosotros, oraciones sin pasión y ministerios faltos de entusiasmo. Por donde miremos vemos que la tibieza está al acecho.
Nuestras denuncias producen la ilusión de estar combatiendo con fervor los efectos de la mediocridad. Pero rara vez logran frenar el avance de este mal.
La mediocridad delata la ausencia de una relación profunda con el Señor. El ángel no le recomendó a la iglesia involucrarse en más actividades, sino que abriera la puerta de su corazón y permitiera que él fuera una vez más el protagonista de eventos tan íntimos y cálidos, como el cenar juntos (Ap 3.20). Lo que necesitamos, entonces, es recuperar esa relación apasionada que produce un fuego divino en nuestro ser y permite que seamos calificados como «calientes».
Quisiera sugerir que nuestra relación con el Señor es con frecuencia tibia porque gran parte de las actividades de nuestra vida cristiana no conducen hacia una mejor relación con él. Nos mantienen ocupados en lo que aparentemente son actividades espirituales, pero no producen una profundización en nuestra relación con el Dios que servimos. La verdad es que una relación íntima con él es más el producto de lo que él hace, que de lo que nosotros hacemos. Nuestro esfuerzo solamente puede servir para responder a la obra que él está haciendo en nuestro corazón. Observemos, entonces, tres elementos que pueden colocarnos en esa posición donde el Alfarero Divino puede actuar sobre nuestros corazones.
Tres herramientas para cultivar una vida de intimidad con Dios
1. La disciplina
Entre las variadas exhortaciones que Pablo le deja a su discípulo Timoteo, encontramos esta: «Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad.» (De la versión La Biblia delas américasDescripción: http://cdncache-a.akamaihd.net/items/it/img/arrow-10x10.png 1Ti 4.7) Dos importantísimas verdades se desprenden de esta exhortación:
La primera verdad es que la vida espiritual no se mide por las muchas palabras. Tan fuerte es la tendencia de los hombres a hablar más de la cuenta, que Pablo exhorta al joven Timoteo, al menos siete veces en sus dos cartas, a que evite a toda costa «las palabrerías vacías y profanas, y las objeciones de lo que falsamente se llama ciencia» (1 Ti 6.20).
Esto no se debe a que Timoteo tenía una particular debilidad por las discusiones y contiendas de palabras, sino al hecho de que el cristiano en general tiende a creer que hablar de las verdades del Reino es lo mismo que practicarlas. Hemos perdido de vista, por ejemplo, que no es lo mismo hablar de la oración, que orar. Ni es la misma cosa enumerar las virtudes de la evangelización que salir a compartir la fe con otros.
Si bien nuestras palabras pueden alentar a la práctica en algunos, la verdad es que las palabras sobran entre los que son de la casa de Dios. Pero la vida espiritual pasa por otro lado. El sabio Salomón advertía hace más de 3.000 años: «Guarda tus pasos cuando vas a la casa de Dios, y acércate a escuchar en vez de ofrecer el sacrificio de los necios... no te des prisa en hablar, ni se apresure tu corazón a proferir palabra delante de Dios.» (Ec 5.1 y 2). No está de más recordar que las palabras no solamente son poco eficaces para producir cambios, sino que también en la abundancia de ellas hay pecado.
La segunda es que la alternativa señalada por Pablo al joven Timoteo es el camino de la disciplina. El apóstol escoge la palabra griega gimnazo del cual sacamos el término gimnasia, y que también podría traducirse «ejercicio, disciplina, o entrenamiento». En lo que al cuerpo se refiere, la gimnasia consiste en una serie de ejercicios cuyo fin es asegurar un buen estado de salud. Los ejercicios no son un fin en sí; la meta es el estado que produce en nosotros.
Sin embargo, no somos personas acostumbradas a exigirle mucho ni a nuestros cuerpos, ¡ni tampoco a nuestras almas! Es que, por naturaleza, somos un tanto holgazanes. Al igual que los discípulos, el menor esfuerzo produce en nosotros fatiga y nos quedamos dormidos (Mt 26.41). Pero Pablo conocía el valor de la disciplina. Usando la misma analogía, había escrito a los Corintios: «yo golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo personal, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado» (1 Co 9.27).
En el ámbito espiritual también existen ejercicios, disciplinas que podemos usar para mantener en buen estado nuestros espíritus. Algunos de ellos incluyen prácticas como el ayuno, la oración, el estudio de la Palabra, el silencio, el servicio, la alabanza, la adoración y el servicio. El valor de estas es que nos colocan en ese lugar donde Dios puede profundizar su relación con nosotros. Pero para llegar a ese lugar, debemos acostumbrarnos a exigirle más a nuestro espíritu que cinco minutos diarios con el Señor. Quien aspire a caminar en intimidad con Dios deberá ser una persona dispuesta a practicar esas actividades que abren el camino hacia una relación más estrecha con él, y en la medida en que procuramos su rostro, él irá produciendo en nosotros la transformación tan anhelada (2 Co 3.18).
2. El sufrimiento
Un segundo elemento que Dios usa para cultivar su relación con nosotros salta a la vista a medida que recorremos las páginas de las Escrituras. Es una constante en la trayectoria de los grandes siervos. A todos, sin excepción, les tocó transitar por el camino del sufrimiento.
Abraham esperó veintinueve interminables años para que Dios cumpliera la promesa que le hizo cuando salió de la casa de sus padres, y convivió gran parte del tiempo con el silencio. José bebió de la copa amarga de la traición y experimentó trece años de esclavitud y prisiones en una tierra extraña. Moisés, habiendo expresado con violencia su pasión por su propio pueblo, tuvo que vivir cuarenta años en el desierto, lejos de la riqueza, el favor y la comodidad que habían caracterizado su vida en Egipto. David, por su parte, pasó doce años en el desierto, huyendo del mismo rey cuyo prestigio había salvado venciendo a Goliat. Llegó al extremo de fingir locura y procurar refugio entre sus enemigos mortales, los filisteos.
En el Nuevo Testamento encontramos también esta asombrosa afirmación acerca de Jesús: «Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente; y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció.» (He 5.7-8) También en 2 Corintios 11 podemos observar la lista de experiencias por las cuales pasó el apóstol Pablo. Incluye azotes, apedreos, naufragios, cárceles, frío, hambre, desnudez y un sinnúmero de otras «calamidades».
Así, el Señor forma el corazón de sus siervos por medio del sufrimiento. No podemos escapar a esta verdad. Es parte del testimonio del pueblo de Dios desde tiempos inmemoriales.
La cultura occidental, sin embargo, no contempla la existencia del sufrimiento como parte de la vida, pues la incansable búsqueda de la comodidad y la satisfacción personal resulta ser uno de los grandes pilares sobre el cual se construye nuestra sociedad materialista. Además, al igual que los discípulos, creemos que el sufrimiento es una inevitable manifestación de algún pecado (Jn 9.2). «Quién vive en santidad», diría nuestra teología popular, «¡no sufre!»
La iglesia del primer siglo también parece haber luchado con conceptos similares, al punto de que Pedro les escribió: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo; antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría. Si sois vituperados por el nombre de Cristo, dichosos sois, pues el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobra vosotros.» (1 Pe 4.12-14)
Claro que nadie en su sano juicio saldría a buscar el sufrimiento. Tampoco seríamos tan necios como para pedirle al Padre que traiga sufrimiento a nuestras vidas. ¡Nada de eso! Sin embargo, hay algo claro y es que, lo busquemos o no, todos vamos a transitar por momentos de sufrimiento y dolor. La diferencia en el hombre maduro en Cristo es que ve en estas experiencias una oportunidad para profundizar su relación con Dios y tomarse más fuerte de la mano de su Señor. Por eso, Pablo testificaba que en el sufrimiento «aunque el hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día... al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Co 4.16-18).
Al igual que las disciplinas de la vida espiritual, el sufrimiento no es lo que nos santifica. El sufrimiento, si tenemos la actitud correcta, simplemente nos coloca en ese lugar donde podemos ser tratados más profundamente por el Espíritu de Dios. De manera que si aspiramos a mayor madurez en nuestra experiencia cristiana, tendremos que familiarizarnos y hasta «amigarnos» con el sufrimiento, entendiendo las maneras que Dios lo usa para traer mayor santidad a nuestras vidas.
3. Las relaciones profundas
Un tercer elemento que actúa profundamente en la transformación de nuestro ser es la posibilidad de entablar relaciones significativas con otros peregrinos que están avanzando hacia la madurez.
Esto también es algo muy resistido por nuestra cultura occidental. Vivimos en tiempos en los cuales el egocentrismo del hombre ha llegado a niveles nunca vistos en el pasado. Se ha perdido el sentido de comunidad y en su lugar, tenemos sociedades que no son más que la suma de individuos deseando avanzar hacia el cumplimiento de sus propias metas. En la iglesia, nuestra definición de comunión es compartir la vida con otros durante las dos o tres horas que estamos reunidos juntos cada semana.
¡Qué diferente es el panorama del Nuevo Testamento! En sus páginas, el crecimiento nunca se ve como el fruto del esfuerzo individual, sino más bien como producto del buen funcionamiento del cuerpo. En Efesios se afirma que «hablando la verdad en amor, crezcamos en todos los aspectos en aquel que es la cabeza, es decir Cristo, de quien todo el cuerpo, estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen, conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo, para su propia edificación en amor.» (Ef 4.15, 16) Entonces, cuando abrimos nuestras vidas a este tipo de relaciones profundas, podemos experimentar un crecimiento que nunca se podrá alcanzar a solas.
Jesucristo mismo nos enseñó que la única característica que verdaderamente nos identificaría como sus discípulos era el amor de los unos por los otros (Jn 13.35 y 17.21). Y la medida de ese amor es la del Hijo de Dios, que le dijo a sus discípulos: «un nuevo mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.» (Jn 13.34) En esas palabras están encerradas todas las actitudes y acciones que caracterizaron la vida del Mesías entre nosotros, una vida de devoción, servicio, paciencia, ternura, firmeza y compromiso sin igual.
Las cartas del Nuevo Testamento además, dedican mucho espacio a las implicaciones de este amor. La descripción más clara y práctica la encontramos en Filipenses 2, cuando Pablo nos anima: «Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.» (Fil 2.3 y 4) De esta forma se nos llama a entablar una relación más profunda con los demás de lo que actualmente muchos practicamos.
De igual manera, el compartir en intimidad nuestra vida con otros tiene tres grandes beneficios. En primer lugar, nos permite aprender de lo que otros están viviendo y experimentando en su vida espiritual. Nuestro entendimiento de lo que es el reino y el accionar de Dios siempre va a ser más completo cuando incorporamos a nuestras vidas las perspectivas y experiencias de otros. Es inadmisible dentro del cuerpo que algún miembro le diga a otro «no te necesito» (1 Co 12.21). Recordemos cómo hemos sido llamados a atesorar la vida de los que están a nuestro alrededor.
En segundo lugar, también es valiosa la comunión con otros porque tengo a quién rendirle cuentas. Todos nosotros perdemos la objetividad cuando analizamos nuestras propias vidas. Comportamientos que no toleraríamos en otros siempre parecen ser justificables en nuestra propia vida, mas cuando damos a otros la libertad y el acceso para que nos corrijan y orienten, podremos avanzar concretamente sobre aquellos puntos ciegos que no vemos con nuestros propios ojos. Entonces, la exhortación de Santiago «confesaos vuestros pecados unos a otros» (5.16), tiene mucho más valor de lo que nos damos cuenta, pues los pecados que están a la luz ya no pueden atormentar nuestra vida.
Por último, aprendemos la verdadera dimensión de lo que significa el amor cuando nos relacionamos con otros. No debemos olvidar que las personas no son máquinas y que tampoco responden a reglas o a leyes severísimas. Por eso, el caminar con ellos demanda de nosotros que seamos flexibles, perseverantes, pacientes y misericordiosos. Estas características, sin embargo, solamente son posibles cuando deseamos ir más allá de un contacto fugaz con el corazón de otros. La trivialidad de nuestros sentimientos hacia otros queda expuesta cuando queremos acercarnos para caminar juntos. Allí comienza la verdadera expresión del amor, y ¡qué preciosa experiencia es el compartir la vida a los niveles más profundos!
Conclusión
Cuando nos detenemos por un momento a pensar en estos tres elementos, podemos fácilmente entender por qué existe tanta mediocridad a nuestro alrededor: no forman parte de lo que la mayoría de la iglesia considera importante en la vida. En su lugar, existe una interminable rueda de reuniones que nos dan la ilusión de estar trabajando esforzadamente hacia una vida de mayor compromiso. No obstante, la obra más profunda del Señor no se realiza en estas actividades que tan fácilmente asociamos con la vida espiritual. Su obra más eficaz, es poco visible a nuestros ojos y se lleva a cabo en aquellas actividades consideradas comúnmente como «menos espirituales». Por esta razón, quien desea crecer debe estar dispuesto a valorar y cultivar la espiritualidad por medio del buen uso de la disciplina, el sufrimiento y las relaciones significativas.
Idea básica de este artículo
La mediocridad delata la ausencia de una relación profunda con el Señor. Tres elementos pueden ayudarnos; la disciplina, el sufrimiento y las relaciones profundas.
Preguntas para pensar y dialogar
  1. ¿Qué pautas da el autor para que usted pueda discernir si está viviendo en la mediocridad o no?
  2. ¿En qué contribuyen la disciplina, el sufrimiento y las relaciones profundas a que usted cultive una vida de intimidad con Dios? Explique cada una.
  3. ¿Puede calificar a su relaciones de profundas? Si usted todavía no sostiene relaciones profundas ¿qué necesita hacer para que esto ocurra? ¿Cómo podría propiciar que en su iglesia se den las relaciones profundas?
  4. ¿Tiene usted relaciones profundas? ¿Cómo podría propiciar las relaciones profundas en su iglesia y en usted?


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POESIA

Que alguien te haga sentir cosas sin ponerte un dedo encima, eso es admirable.! -MARIO BENEDETTI