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lunes, 13 de junio de 2016
ESPERO
Te espero cuando la noche se haga día,
suspiros de esperanzas ya perdidas.
No creo que vengas, lo sé,
sé que no vendrás.
Sé que la distancia te hiere,
sé que las noches son más frías,
Sé que ya no estás.
Creo saber todo de ti.
Sé que el día de pronto se te hace noche:
sé que sueñas con mi amor, pero no lo dices,
sé que soy un idiota al esperarte,
Pues sé que no vendrás.
Te espero cuando miremos al cielo de noche:
tu allá, yo aquí, añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida,
Quizás por el resto de nuestras vidas.
Es triste hablar así.
Cuando el día se me hace de noche,
Y la Luna oculta ese sol tan radiante.
Me siento sólo, lo sé,
nunca supe de nada tanto en mi vida,
solo sé que me encuentro muy sólo,
y que no estoy allí.
Mis disculpas por sentir así,
nunca mi intención ha sido ofenderte.
Nunca soñé con quererte,
ni con sentirme así.
Mi aire se acaba como agua en el desierto.
Mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
Mi esperanza de vivir eres tu,
y no estoy allí.
¿Por qué no estoy allí?, te preguntarás,
¿Por qué no he tomado ese bus que me llevaría a ti?
Porque el mundo que llevo aquí no me permite estar allí.
Porque todas las noches me torturo pensando en ti.
¿Por qué no solo me olvido de ti?
¿Por qué no vivo solo así?
¿Por qué no solo...
LA PAZ PERFECTA
Cierto rey prometió un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz
perfecta. Muchos lo intentaron. El rey observó y admiró todas las obras, pero solamente
hubo dos que en verdad le gustaron.
La primera mostraba un lago muy tranquilo espejo perfecto donde se reflejaban las
montañas circundantes. Sobre ellas se encontraba un cielo azul con tenues nubes blancas.
Todos los que miraron esta pintura estuvieron de acuerdo en que reflejaba la paz perfecta.
La segunda también tenía montañas, pero estas eran escabrosas. Sobre ellas había un cielo
oscuro, del cual cala un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía
retumbar un espumoso torrente de agua.
Esta imagen no se revelaba para nada pacifica. Pero cuando el rey analizó el cuadro más
cuidadosamente, observó que tras la cascada, en una grieta, crecía un delicado arbusto. En
él había un nido y allí, en medio del rugir de la violenta calda de agua, un pajarito.
¿Cuál cree usted que fue la pintura ganadora? El rey escogió la segunda. La paz -explico
significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin dolor. Significa que, aun en
medio de estas circunstancias, nuestro corazón puede permanecer en calma.
Las lecciones de Helen Keller
Helen Keller sufrió una penosa enfermedad cuando
era una bebita de diecinueve meses, y
quedó completamente sorda y ciega. Con la ayuda
paciente y entregada de su profesora,
Anne Sullivan, Helen aprendió a leer y a
comunicarse mediante el tacto, ingresó en la
universidad, se graduó, y llegó a ser una exitosa
escritora y una excelente conferencista
que recorrió el mundo despertando conciencias y
sembrando amor a la justicia y a la vida.
“Mi trabajo por los ciegos –escribió- nunca ha
ocupado el centro de mi personalidad. Mis
simpatías están con todos los que luchan por la justicia”.
La llamaron “la trabajadora
milagrosa”, y le gustaba repetir que, “peor que no
tener vista, es no tener visión”.
Ciertamente, muchas personas tienen los ojos en muy
buen estado y ven perfectamente,
pero carecen de una apropiada visión de la existencia
y de la vida. Por ello, le dan una
importancia desproporcionada a cosas
intrascendentes y se hunden en la angustia porque
“me salió un grano horrible”, “me miró feo”, o
preocupados por divertirse, pasarlo bien,
amontonar cosas o buscar fama, dinero, poder..., se
olvidan de vivir. Tampoco saben mirar,
admirar. Perdieron la capacidad de asombro.
Helen Keller nos propone un ejercicio muy sencillo
para que seamos capaces de apreciar y
agradecer todo lo que se nos brinda graciosamente y
de hacer conscientes las
innumerables posibilidades de disfrute y gozo
profundos que nos regala cada momento de
la vida. Nos dice que sería bueno que, al comienzo
de su juventud, todo ser humano se
quedara ciego y sordo por unos pocos días. La
oscuridad le haría apreciar más el don de la
vista, y el silencio le enseñaría los deleites del
sonido. Por eso, fue capaz de escribir estas
luminosas palabras:
Yo, que soy ciega tengo un consejo para los que
pueden ver: usen sus ojos como si
mañana fueran a perder la vista. Y hagan lo mismo
con los demás sentidos: escuchen la
musicalidad de las voces, los trinos de los
pájaros, los poderosos acordes de una orquesta,
como si el día de mañana fueran a quedarse sordos. Toquen
y acaricien cada objeto como si mañana fueran a despojarlos del sentido del
tacto. Huelan el delicado perfume de las
flores, deléitense con el sabor de cada bocado,
como si nunca más pudieran volver a oler
ni a paladear nada.
En cierta ocasión, le preguntaron a Helen Keller
qué haría si pudiera recobrar la vista al
menos por tres días. Esta fue su respuesta:
El primer día sería muy ajetreado. Llamaría a mis
amigos más queridos y observaría largo
rato sus rostros para grabar en mi mente las
manifestaciones externas de su belleza
interior. Dejaría que mis ojos se posaran también
en la cara de un bebé recién nacido, a
fin de captar un atisbo de ese candor anhelante y
bello que antecede a la conciencia
individual de los problemas de la vida. Querría ver
los libros que otras personas me han
leído y que me han revelado mil secretos profundos
de la existencia humana. Y me gustaría
ver los confiados ojos de mis fieles perros, el
pequeño terrier escocés y el robusto gran
danés.
Por la tarde, daría un largo paseo por el bosque y
me regodearía contemplando las
maravillas de la naturaleza. Y elevaría una
plegaria al cielo ante el prodigio multicolor del
ocaso. Esa noche, supongo, no podría conciliar el
sueño.
Al día siguiente, me levantaría al amanecer y
presenciaría el estremecedor milagro por el
cual la noche se transforma en claridad.
Contemplaría llena de asombro el magnífico
espectáculo de luz con que el sol despierta a la
tierra durmiente.
Dedicaría este día a echar un vistazo al mundo,
pasado y presente. Querría ver la
evolución del progreso humano, y para ello
visitaría los museos. Allí mis ojos verían la
historia abreviada de la Tierra: los animales y las
diversas etnias humanas recreadas en
su ambiente natural; los esqueletos gigantescos de
los dinosaurios y mastodontes que
vagaban por el mundo antes de que apareciera esa
pequeña criatura de poderoso cerebro
–el hombre -y conquistara el reino animal.
Mi siguiente visita sería al Museo de Arte. Conozco
bien a través del tacto las figuras
esculpidas de los dioses y las diosas del antiguo
Egipto. He palpado con los dedos
reproducciones de los frisos del Partenón, y
percibido la grácil belleza de esculturas de
guerreros atenienses en acción. El rostro barbado y
tosco de Homero me es muy querido,
ya que él también supo lo que es estar ciego.
Así pues, el segundo día intentaría penetrar en el
alma humana a través del arte. Podría
ver las cosas que conocí por medio del tacto, pero
en todo su esplendor: el magnífico
mundo de la pintura quedaría expuesto ante mis ojos
(...).
Pasaría la tarde del segundo día en un teatro o un
cine. (...). Yo no puedo disfrutar la
belleza del movimiento rítmico más que con la
limitada capacidad del tacto de mis manos.
Sólo puedo entrever en mi imaginación la gracia de
una Ana Pavlova, aunque conozco en
parte el deleite del ritmo, ya que a menudo puedo
sentir la cadencia de la música cuando
hace vibrar el piso. Bien puedo imaginar que el
movimiento cadencioso debe ser una de las
visiones más disfrutables del mundo. He logrado
formarme una idea de esto al recorrer con mis dedos las líneas del mármol
esculpido, y si esta gracia inmóvil puede ser tan
hermosa, ¡más intensa aún ha de ser la emoción de
ver la gracia en movimiento!
A la mañana siguiente, de nuevo daría la bienvenida
al amanecer, ansiosa por descubrir
otros deleites, otras manifestaciones de la
belleza. Este día, el tercer, lo pasaría en el
mundo de la gente común, en los sitios donde se
divierten y donde batallan para ganarse el
sustento. La ciudad se convierte en mi destino.
Me detendría primero en una esquina transitada a
mirar en silencio a la gente, intentando
con ese simple acto comprender algo de su vida
cotidiana. Veo sonrisas y me siento feliz.
Veo una firme determinación y me lleno de orgullo.
Veo sufrimiento y aflora en mí la
compasión (..). Estoy segura de que los colores de
los vestidos de las mujeres que caminan
entre la multitud son un espectáculo maravilloso
del que nunca podría cansarme. Pero es
posible que, si pudiera ver, fuera yo como la
mayoría de las mujeres: estaría demasiado
interesada en la moda para prestar atención a la
belleza de los colores entre un gentío.
Podemos ver y no valoramos los milagros del color,
el estallido de un amanecer, de una
flor, de un pájaro, de una sonrisa. Podemos oír y
no somos capaces de escuchar la
suprema sinfonía que entona el universo, ni la
canción melodiosa del agua, de la brisa, de
las voces amadas. Somos millonarios en dones y en
disfrutes, se nos regala cada día la
existencia y todo un mundo lleno de prodigios, y
nos creemos pobres, desdichados,
miserables...
Es muy conocida la historia de aquel ciego que
pedía limosna sentado en un andén de
París con una gorra a sus pies y un pedazo de
madera escrito con tiza blanca: “Por favor,
ayúdeme, soy ciego”.
Un publicista del área creativa que pasaba enfrente
de él, se paró y vio muy pocas
monedas en la gorra. Sin pedir permiso, tomó la
madera y la tiza y escribió otro anuncio.
Volvió a colocar el pedazo de madera a los pies del
ciego y se fue.
Al caer de la tarde, el publicista volvió a pasar
enfrente del ciego que pedía limosna. Su
gorra, ahora, estaba llena de monedas.
El ciego reconoció las pisadas del publicista y le
preguntó si había sido él el que había
escrito el nuevo letrero y sobre todo quería saber
qué decía en él.
El publicista respondió: “Dejé su mismo mensaje,
pero lo escribí de otro modo”, y
sonriendo, continuó su camino.
El ciego no supo lo que estaba escrito, pero su
nuevo letrero decía: “Hoy es primavera en
París y yo no puedo verla”.
Levántate de tu melancolía, sacude tu pesimismo y
deja ya de quejarte. Reconoce,
disfruta y agradece lo maravilloso que eres y todo
lo que se te ha dado. Nadie como tú,
nadie superior ni inferior a ti. Sumérgete en el
insondable misterio de la vida, de tu vida.
En la escuela nos enseñaron a admirar las grandes
obras del arte y de la literatura universal
y nos asomaron a los portentos de la ciencia y de
la tecnología, capaces de crear aparatos
y máquinas cada vez más sofisticados. Pero no
fueron capaces de sembrarnos el asombro y
la admiración de la extraordinaria obra de arte,
infinitamente más maravillosa que todas las
genialidades de los artistas y científicos, que
somos cada uno de nosotros.
Esto sí lo entendió bien aquel niño que, ante la
pregunta de su maestra que después de un
proyecto de aula sobre los grandes inventos de la
humanidad, pidió a sus alumnos que le
dijeran algo realmente maravilloso que no existía
hace veinte años, respondió con aplomo:
Yo, Maestra. Respuesta genial, llena de esa
profunda sabiduría que sólo poseen los niños
y los hombres y mujeres sencillos.
domingo, 12 de junio de 2016
MARIO BENEDETTI- EL AMOR.
EL AMOR ES UN CENTRO
Una esperanza un huerto un páramo
una migaja entre dos hambres
el amor es campo minado
un jubileo de la sangre
cáliz y musgo/ cruz y sésamo
pobre bisagra entre voraces
el amor es un sueño abierto
un centro con pocas filiales
un todo al borde de la nada
fogata que será ceniza
el amor es una palabra
un pedacito de utopía
es todo eso y mucho menos
y mucho más/ es una isla
una borrasca/ un lago quieto
sintetizando yo diría
que el amor es una alcachofa
que va perdiendo sus enigmas
hasta que queda una zozobra
una esperanza un fantasmita.
Receta de brownie.
- 125 gr. de chocolate.
- 125 gr. de mantequilla.
- 130 gr. de azúcar.
- 2 huevos.
- 50 gr. de harina.
- 1 cucharada de canela.
- 1 cucharada de vainilla.
Preparación de brownie.
Vamos a mostrar cómo preparar el auténtico brownie para que podáis disfrutarlo en vuestra casa con la familia.- Empezamos metiendo el chocolate en un cuenco que sirva para horno y lo metemos en el microondas hasta que esté derretido el todo. Colocamos en un cuenco y le agregamos la mantequilla en trocitos, para que se derrita.
- Encendemos ya el horno a 150º C para que se vaya precalentando.
- Cuando la mantequilla se ablande un poco, lo removemos todo con unas varillas eléctricas, o la batidora, para formar una especie de masa suave.
- Ahora ponemos los huevos en un cuenco junto con el azúcar, y empezamos a removerlo, hasta que se blanqueen del todo. Aseguraos de batirlos bien sin dejar grumos. Estos huevos los agregamos al chocolate fundido, junto con la harina, la canela y la vainilla.
- Removemos todo para mezclarlo tanto como nos sea posible hasta lograr una masa homogénea.
- Untamos con mantequilla una bandeja que sirva para horno, colocamos la masa y al horno por una media hora.
- Comprobad que se hace bien por dentro y sacar cuando esté lista.
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Que alguien te haga sentir cosas sin ponerte un dedo encima, eso es admirable.! -MARIO BENEDETTI
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Que alguien te haga sentir cosas sin ponerte un dedo encima, eso es admirable.! -MARIO BENEDETTI




